Cuando empecé a buscar información sobre neurodivergencia para entender mejor a mi hijo, reconozco que al principio me sentí bastante perdida.
Autismo, TDAH, neurodiversidad, neurodivergencia, procesamiento sensorial… De repente aparecían un montón de palabras nuevas y, cuanto más leía, más preguntas tenía.
Con el tiempo, leyendo, preguntando, hablando con profesionales y, sobre todo, aprendiendo a observar y comprender mejor a mi hijo, muchas piezas fueron empezando a encajar.
Por eso he querido preparar esta guía.
No desde el punto de vista de una profesional sanitaria —porque no lo soy—, sino desde el de una madre que necesitó entender qué estaba pasando y que sigue aprendiendo cada día.
Vamos a empezar por lo más sencillo.
¿Qué significa neurodivergencia?
La palabra neurodivergente se utiliza para hablar de personas cuyo cerebro procesa, aprende o se relaciona con el entorno de una manera diferente a la considerada neurotípica.
Estas diferencias pueden aparecer en muchos ámbitos:
- comunicación;
- atención;
- aprendizaje;
- coordinación;
- organización;
- regulación emocional;
- procesamiento sensorial;
- interacción social.
Y hay algo que para mí es importante entender desde el principio: ser neurodivergente no define por completo a una persona.
Nuestros hijos son muchísimo más que un diagnóstico, una dificultad o una etiqueta.
Además, dos niños con el mismo diagnóstico pueden ser completamente diferentes entre sí.
Neurodiversidad y neurodivergencia: no son exactamente lo mismo
Son dos palabras que al principio pueden resultar confusas. A mí también me costó diferenciarlas.
¿Qué es la neurodiversidad?
La neurodiversidad parte de una idea bastante sencilla: no todos los cerebros funcionan exactamente igual.
Hay diferentes maneras de aprender, pensar, sentir, comunicarse o procesar lo que ocurre a nuestro alrededor.
Esa diversidad forma parte de las personas.
¿Y qué significa ser neurodivergente?
Hablamos de una persona neurodivergente cuando su desarrollo o funcionamiento neurológico presenta diferencias importantes respecto a lo considerado neurotípico.
Dentro de este concepto suelen incluirse, por ejemplo:
- autismo;
- TDAH;
- dislexia;
- discalculia;
- dispraxia;
- síndrome de Tourette.
No existe, sin embargo, una lista única y cerrada. Y la neurodivergencia tampoco es en sí misma un diagnóstico médico.
Algunos ejemplos de neurodivergencia
Autismo
Una de las cosas que aprendí muy pronto sobre el autismo es que no existen dos niños autistas iguales.
Por eso se habla precisamente de espectro.
Puede haber diferencias relacionadas con la comunicación, la interacción social, determinados intereses, la necesidad de rutinas o la manera de percibir sonidos, texturas, luces y otras sensaciones.
Pero la intensidad y la forma en que aparecen esas características pueden ser completamente distintas de un niño a otro.
Hay niños que necesitan mucho apoyo en determinadas áreas y otros que son muy autónomos. Y esas necesidades también pueden cambiar con el tiempo.
Si estás empezando a hacerte preguntas sobre este tema, puedes leer también nuestro artículo sobre 10 señales tempranas de TEA que todo padre debe conocer.
TDAH
Cuando pensamos en TDAH muchas veces pensamos automáticamente en un niño que “no para quieto”.
Pero es bastante más complejo.
El TDAH puede afectar a la atención, la impulsividad, la organización o la regulación de la actividad.
En el día a día puede verse, por ejemplo, en dificultades para:
- empezar una tarea;
- organizarse;
- mantener la atención;
- recordar instrucciones;
- gestionar el tiempo;
- controlar determinados impulsos;
- terminar lo que ha empezado.
Y tampoco se manifiesta igual en todos los niños.
Si este tema te resulta familiar, también puedes consultar nuestra guía sobre cómo ayudar a un niño con TDAH con los deberes sin discutir.
Además, algunos niños pueden beneficiarse de determinados apoyos en autonomía, planificación o actividades cotidianas. En ese caso puede resultarte útil conocer un poco mejor la terapia ocupacional en niños con TDAH.
Dislexia
La dislexia está relacionada principalmente con dificultades persistentes en el aprendizaje de la lectura y la escritura.
Un niño puede tener dificultades con la fluidez lectora, la ortografía o el reconocimiento de determinadas palabras y, al mismo tiempo, tener muchas capacidades en otras áreas.
Esto es importante porque una dificultad de aprendizaje no significa falta de inteligencia.
A veces simplemente necesitamos encontrar una manera diferente de enseñar y aprender.
Discalculia
En la discalculia las dificultades aparecen principalmente relacionadas con las matemáticas.
Puede resultar complicado comprender cantidades, realizar determinados cálculos, manejar conceptos numéricos o memorizar operaciones.
Como ocurre con la dislexia, no tiene que ver con que un niño sea “menos capaz”.
Dispraxia
La dispraxia puede afectar a la planificación y coordinación de los movimientos.
Puede hacerse visible en actividades tan cotidianas como:
- abrochar botones;
- utilizar cubiertos;
- escribir;
- practicar deportes;
- organizar movimientos;
- vestirse.
En muchos contextos profesionales también podemos encontrar el término trastorno del desarrollo de la coordinación.
Síndrome de Tourette
El síndrome de Tourette se caracteriza por la presencia de tics motores y vocales.
Estos movimientos o sonidos son involuntarios y pueden cambiar en frecuencia o intensidad con el tiempo.
También aquí cada persona es diferente y su impacto en la vida cotidiana puede variar mucho.
¿Cómo puede manifestarse la neurodivergencia en un niño?
Esta fue probablemente una de mis mayores dudas al principio.
¿Cómo sé si algo forma parte simplemente del ritmo de mi hijo o si debería consultar?
Y la respuesta no siempre es sencilla.
No existe una lista que podamos ir marcando para saber si nuestro hijo es neurodivergente.
Podemos observar, por ejemplo, dificultades persistentes relacionadas con:
- lenguaje o comunicación;
- relaciones con otros niños;
- aprendizaje;
- concentración;
- coordinación;
- autonomía;
- organización;
- adaptación a cambios;
- regulación emocional;
- sensibilidad a sonidos, luces, texturas o determinadas sensaciones.
Pero observar alguna de estas características no significa automáticamente que exista un diagnóstico.
Muchos comportamientos forman parte del propio desarrollo infantil.
Lo importante suele ser observar si se mantienen en el tiempo, con qué intensidad aparecen y hasta qué punto afectan al día a día del niño.
Si las dificultades están especialmente relacionadas con la comunicación, puedes consultar también nuestros juegos y actividades para estimular el lenguaje en niños con retraso madurativo.
Cada niño tiene fortalezas y necesidades diferentes
Aquí también he cambiado mucho mi manera de pensar con el tiempo.
Cuando lees sobre neurodivergencia puedes encontrarte dos extremos.
Por un lado, información centrada únicamente en dificultades.
Y, por otro, mensajes que parecen decir que todas las personas neurodivergentes tienen determinadas capacidades extraordinarias.
La realidad suele ser bastante más sencilla y, al mismo tiempo, más compleja:
cada niño es diferente.
Puede tener muchísima facilidad para algunas cosas y necesitar mucho apoyo para otras.
Puede saber absolutamente todo sobre un tema que le apasiona y, sin embargo, bloquearse ante una tarea cotidiana aparentemente sencilla.
Puede desenvolverse perfectamente en un ambiente conocido y sentirse completamente desbordado ante un cambio inesperado.
Nuestra labor como padres no debería ser buscar una lista de fortalezas o debilidades que encaje con nuestro hijo.
Debería ser conocer al niño que tenemos delante.
¿Cuándo merece la pena consultar?
Esta es probablemente una de las preguntas más importantes.
Y también una de las que más inseguridad puede generar como madre o padre.
¿Estoy exagerando?
¿Debería esperar?
¿Será simplemente su ritmo?
Si hay algo que te preocupa, se mantiene en el tiempo o empieza a afectar de forma importante a su día a día, pedir orientación puede ayudarte a entender mejor qué está pasando.
Puede ser conveniente consultar cuando las dificultades:
- afectan al colegio;
- interfieren en su autonomía;
- dificultan mucho la comunicación;
- generan un malestar importante;
- complican sus relaciones;
- o tienen un impacto notable en la vida familiar.
Pedir una valoración no significa que necesariamente exista un diagnóstico.
Precisamente sirve para comprender mejor qué está ocurriendo.
Y si estás atravesando ese momento de dudas y emociones, quizá te sientas identificada con mi experiencia en el camino hacia el diagnóstico de autismo de mi hijo.
¿Cómo es una valoración?
Dependerá mucho del motivo por el que consultemos.
No existe una única valoración válida para todos los niños.
Según las necesidades pueden intervenir diferentes profesionales:
- pediatras;
- psicólogos;
- neuropsicólogos;
- logopedas;
- terapeutas ocupacionales;
- fisioterapeutas;
- profesionales de atención temprana.
Durante el proceso pueden valorar aspectos como el desarrollo, el lenguaje, el comportamiento, el aprendizaje, la autonomía, las habilidades motoras o la interacción social.
También pueden hablar con la familia, observar al niño o utilizar diferentes cuestionarios y pruebas.
Algo que he aprendido es que no se trata simplemente de conseguir una etiqueta.
Una buena valoración debería ayudarnos, sobre todo, a comprender mejor las necesidades de nuestro hijo.
¿Por dónde empiezo si tengo dudas?
Muchas veces esta es la verdadera pregunta.
Porque cuando una madre empieza a sospechar que algo ocurre, puede encontrarse de repente buscando información en Google a las once de la noche sin saber muy bien a quién acudir.
El pediatra puede ser un buen primer punto de contacto.
Dependiendo de la edad del niño y de las dificultades observadas, puede orientar hacia diferentes servicios o especialistas.
En los niños más pequeños también puede intervenir Atención Temprana.
Otra opción es acudir directamente a profesionales especializados en desarrollo infantil.
En ese caso yo prestaría atención a aspectos como:
- formación;
- especialización;
- experiencia con niños;
- forma de realizar la valoración;
- comunicación con la familia;
- coordinación con otros profesionales y con el colegio.
¿Qué profesional puede ayudar a mi hijo?
Dependerá completamente de sus necesidades.
Y muchas veces este es otro pequeño laberinto al principio.
Logopeda
Puede ayudarnos cuando existen dificultades relacionadas con el lenguaje, habla, comunicación o determinadas funciones orales.
Psicólogo infantil
Puede intervenir en aspectos relacionados con emociones, comportamiento, ansiedad, autoestima, habilidades sociales o adaptación.
Terapeuta ocupacional
Puede trabajar cuestiones relacionadas con autonomía, actividades cotidianas, habilidades motoras y determinadas necesidades funcionales o sensoriales.
Si quieres entender mejor esta disciplina puedes leer nuestra guía sobre terapia ocupacional en niños con TDAH: beneficios y ejercicios clave.
Fisioterapeuta infantil
Puede intervenir cuando existen necesidades relacionadas con movimiento, postura, equilibrio o desarrollo motor.
Neuropsicólogo
Puede evaluar distintas funciones cognitivas y ayudarnos a comprender cómo influyen en el aprendizaje y la vida diaria.
Y en algunos casos será necesario que varios profesionales trabajen juntos.
Algo que considero especialmente importante es esto:
nuestro objetivo no debería ser llenar la semana del niño de terapias.
Debería ser encontrar los apoyos que realmente necesita.
¿Cómo podemos acompañar a nuestro hijo?
No existe un manual perfecto.
Ojalá.
Pero hay algunas cosas que pueden ayudarnos.
Observar antes de interpretar
A veces un comportamiento que desde fuera parece “mala conducta” puede estar diciéndonos que el niño está cansado, saturado, frustrado o que no entiende qué esperamos de él.
Anticipar
Hay niños que gestionan mucho mejor una situación cuando saben de antemano qué va a ocurrir.
Rutinas, calendarios o apoyos visuales pueden ser muy útiles.
Adaptar cuando sea necesario
Adaptar no significa hacer todo por nuestro hijo.
A veces simplemente significa darle las condiciones necesarias para que pueda hacerlo.
No compararlo continuamente
Esta es difícil.
Todos lo hacemos alguna vez.
Pero comparar permanentemente a nuestro hijo con hermanos, compañeros o niños de su edad rara vez nos ayuda a comprender qué necesita.
Trabajar con el colegio y los profesionales
Cuando familia, escuela y profesionales consiguen comunicarse, resulta mucho más fácil comprender qué funciona y qué no.
Entender para acompañar
Si algo he aprendido durante todo este camino es que comprender cambia muchas cosas.
Cuando empezamos a entender por qué nuestro hijo reacciona de determinada manera, por qué ciertas situaciones le cuestan más o qué necesita para sentirse seguro, dejamos de mirar únicamente la conducta y empezamos a mirar al niño.
No siempre tenemos todas las respuestas.
Yo tampoco las tengo.
Pero podemos aprender, preguntar, buscar buenos profesionales y conocer cada vez mejor a nuestros hijos.
Y probablemente eso sea mucho más importante que intentar encajarlos en una definición.
Si te apetece seguir leyendo sobre neurodivergencia, también puedes conocer la historia de Satoshi Tajiri y su particular forma de observar y convertir sus intereses en creatividad, teniendo siempre presente que las historias personales nunca sustituyen a la información clínica.
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Preguntas frecuentes sobre neurodivergencia
¿La neurodivergencia es una enfermedad?
No. Neurodivergencia es un término utilizado para hablar de formas de funcionamiento neurológico diferentes de lo considerado neurotípico.
Algunas de las condiciones que pueden encontrarse bajo este paraguas sí cuentan con criterios diagnósticos concretos.
¿Ser neurodivergente significa tener autismo?
No.
El autismo es una forma de neurodivergencia, pero existen muchas otras.
¿Neurodivergencia es un diagnóstico?
No, no existe un diagnóstico denominado simplemente “neurodivergencia”.
Los profesionales valoran y, cuando corresponde, diagnostican condiciones concretas.
¿Todos los niños neurodivergentes necesitan terapia?
No, cada niño tiene necesidades diferentes.
Un diagnóstico no debería significar automáticamente iniciar determinadas terapias.
Los apoyos deben responder a necesidades reales.
¿A qué profesional debería acudir primero?
Dependerá de lo que te preocupe.
Puedes empezar consultándolo con el pediatra o buscar un profesional especializado en desarrollo infantil que pueda orientarte.